A un amigo

El día 14 de junio se celebró un acto de despedida al que ha sido Inspector de Bachillerato de los primeros 80 en Tarragona. Como también ha sido algo más que eso… quise recordarle a través de unas palabras, toda vez que ese día no podía estar presente en ese acto. Y quiero que figuren aquí también… no sólo como homenaje, sino también como reflexión:

Vivimos tiempos “líquidos”, en los que nada permanece o nada es lo que parece. La cultura se ha hecho “vaporosa”, pues todo vale, todo es opinabley , por ser “opinable”, es así… incuestionable, hasta el punto que la miseria cultural parece ser la marca de clase de la sociedad actual.
Pasar las hojas de un periódico, ver la tapa de un libro, oír el título de una noticia… parece ser el mayor de los méritos informativos hoy. Existen, así, pocas posibilidades de cambio y se hace difícil encontrar estrategias para que la potencialidad de la estética (no hegemónica, pero estética) pueda ser detonadora de cambios, de aspiraciones, de construcciones, de procesos….
Y de eso quiero decir algo, pues deseo hablar de educación y si en ella no incluimos la búsqueda, la posibilidad, la utopía…. la estética…¿qué queremos construir? ¿a qué ser humano queremos ayudar? ¿para qué sociedad trabajamos?.
Corrían los últimos años años 70 o quizá se iniciaban los 80 y aún quedaban posicionamientos ilustrados (sin perspectivas exclusivistas) que pretendían alcanzar la “razón” desde el entramado de la condición humana y de la profesionalidad. Lo estético se buscaba en la experiencia, pero cuestionada desde la sensibilidad, desde el gusto, desde el disfrute profesional, desde la imaginación…
Personas como Antonio Barrado García, recién llegado a este “sur” de Cataluña, después de recorrer otro sur (Murcia) y otros nortes (Bilbao o Barcelona) intentan un modo de renovar la formación profesional de los profesores desde una especie de insubordinación, que cobraba significado en la construcción de itinerarios cognitivos, políticos, éticos, artísticos y artesanales… quizá guiado por el axioma Aristotélico de la “vida buena” (“la virtud como orientación primera para asegurar la continuidad de la cosa pública en el dominio del arte de educar”).
A través de él, de tantos “cafés”, de otras tantas charlas, …, aprendimos juntos que la formación docente había de ir unida a la apertura al mundo, al desarrollo de aptitudes, capacidades, cualidades, a la proyección HACIA ALGO MEJOR. Esa formación era y es una apuesta por salir de los límites de los contextos reales, de los hábitos de la mera reiteración, del plano reductor de la intersubjetividad y caminar hacia acciones creadoras, imaginativas, propiciadoras de cambios que desarrollaran la condición humana.
En la base de ese planteamiento estaba Freire, claro, con su “percepción atenta”, pero también la búsqueda permanente, la humildad, la confianza…
Y ya que estas líneas son de homenaje, diré que todo eso ha adornado la profesionalidad y la razón del hacer de Antonio Barrado, que ha sabido ser, para el que esto firma y por encima de todo, AMIGO
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